Carta a Jonas Mekas desde el Sâlmon< (III)

Querido Jonas Mekas,

hoy voy a ir al grano. Hablemos de arte y dejémonos de política. Bueno, espera. Esto no sé si es arte o política. Creo que las dos cosas. Me lo encontré esta mañana en Instagram.

Está sacado de una conversación de 1967. Lo recoges en tu libro Cuaderno de los sesenta. Pasolini dice eso porque tú le estás hablando en ese momento de los críticos y de sus ataques a lo nuevo. Es una conversación muy interesante, vista desde el año 2019, porque en muchos aspectos las cosas no han cambiado. En aquellos tiempos tú le dices a Pasolini que los críticos de lo nuevo dicen que lo que hacéis no es nuevo, que eso ya lo hizo Dziga Vertov y antes de él los cubistas, y Buñuel. Y tú replicas que hay quien espera que lo nuevo sea completamente nuevo, un animal de otra naturaleza, y eso no es posible. Dices que Rilke utilizó el mismo lenguaje que Hölderlin con algunas modificaciones. Pero también dices, replicando al desdén que muestra Pasolini por tomar consciencia de lo que es nuevo, que de alguna manera hay que tener una cierta conciencia de lo nuevo porque cuando la vida a nuestro alrededor cambia, y nuestra realidad interior también lo hace, algunos artistas tienen tendencia a reducir el nuevo contexto a las formas que ya conocen, apelando a los mismos ritmos de hace veinte años, a la misma sintaxis, forzando dentro de esa camisa de fuerza a las nuevas sensibilidades y distorsionando de ese modo el contenido. Me parece muy acertado lo que decías entonces y también entiendo perfectamente que Pasolini pase de todo, haciendo honor a su apellido. Pero id a contarle eso al nuevo director del Lliure, por poner el primer ejemplo que me viene a la cabeza.

Quizá haya comenzado hablándote de esto porque ayer vi Masacre en Nebraska en la sala pequeña del Mercat de les Flors. Durante el festival he visto ya un par de piezas en el Mercat: esta de Alberto Cortés, de la que aún no sé qué opina la gente, y la de Marlene Monteiro Freitas, de la que todo el mundo habla maravillas en público (en privado no tengo ni idea y, últimamente, noto una gran diferencia entre lo que se dice en público y en privado, como si nos sintiésemos vigilados o existiese una doble moral cada vez más pronunciada), hasta el comisionado de Cultura del Ayuntamiento escribió un tuit alabando el espectáculo de Marlene Monteiro (no puedo dejar de notar que lo hizo justo después del encuentro con gente del mundo del arte local, en el Antic Teatre, de la que te hablé en mi carta anterior y que hasta la fecha jamás le había pillado comentando un espectáculo de este estilo).

Cuando comencé a escribir sobre trabajos artísticos, hace ya unos años, me propuse dejar a un lado el juicio, siguiendo lo que yo imaginaba como la estela de John Cage. Digo lo que yo imaginaba porque nunca estuve seguro del todo de haber entendido a John Cage en ese punto concreto, el de los juicios de valor. Además, pronto descubrí que John Cage también hacía juicios estéticos, como cuando vio una actuación de Llorenç Barber y se fue antes de que acabase diciéndole a su compañero de asiento: “esto es Wagner”. Vamos, que lo de dejar a un lado los juicios estéticos no es fácil. Pero yo lo intenté porque me parecía que me conducía a nuevos lugares, mucho más interesantes para mí y para el mundo con el que me intentaba comunicar, mucho más interesante que mis propios juicios de valor: el me gusta o no me gusta, algo tan primario, hoy más de moda que nunca. Pero hace unos días, un amigo me recordó que tú, Jonas, a veces arremetías contra el trabajo artístico de otros con bastante virulencia. Y es cierto, yo te he leído algunas críticas muy duras. Yo, cada vez más, estoy abandonando eso de evitar los juicios de valor porque si te vuelves un integrista de eso, como de cualquier cosa, puedes acabar cayendo en cierto puritanismo, pero en público, cuando publico un artículo, aún intento tenerlo en cuenta. Pero como esto no es un artículo sino una carta que te envío a ti, Jonas, te diré lo que pienso. Pienso que tengo amigos a los que respeto muchísimo que cada vez que me dicen que les ha encantado tal o cual propuesta artística sé casi seguro que a mí no me va a gustar. Y al revés. Cada vez que me flipo con algo sé casi seguro que a esos amigos no les va a gustar. Para mí, esa es la demostración de que todo esto es completamente subjetivo. Y me parece bien que así sea. No entiendo, entonces, por qué se le da tanta importancia a las opiniones de la gente, llámense público, crítico, teórico, comisario o sheriff del condado. Tengo un amigo que me escribió el otro día después de años y sigue dolido por un comentario que escribí sobre una pieza suya. A ver, sales a escena y la gente hablará de ti. Unos bien y otros mal, pero no pasa nada, amigos. No es para tanto. Nunca es para tanto. Nada. Si no estás preparado para eso mejor no salir a escena. Si te importa tanto el qué dirán corres el peligro de acabar paranoico perdido como si vivieses en un pueblo franquista de los años cincuenta. De los que se habla mal muchas veces son de los que se hablará bien de aquí a cincuenta años. Al revés también pasa muy a menudo. Nadie se acuerda de casi nadie de los que triunfaban hace cien años porque los que han pasado a la historia son muchos de los otros, a los que nadie hacía ni caso. Así que si hablan mal de ti casi que alégrate porque es posible que estés en el buen camino. Y si hablan muy bien de ti, hasta el alcalde, disfrútalo pero no te flipes porque es para comenzar a preocuparse, amigo. ¿No crees, Jonas?

Me encantó Masacre en Nebraska, no le encontré ni la más mínima gracia a Bacantes. Me gustó mucho el trabajo de Alberto Cortés y todos los que participaron en Masacre en Nebraska. Es tanto un homenaje a cierta escena de los últimos años como una reflexión (o eso me pareció al final) sobre el sentido de seguir creando. ¿Para qué una nueva pieza más? ¿Es eso lo que queremos o lo que queremos es encontrarnos para cantar y bailar y tomarnos unas cañas después del espectáculo? Creo que a ti te hubiese gustado Masacre en Nebraska, Jonas, porque estaba conectada con nuestra vida y no aparentaba tener muchas pretensiones porque me da la impresión de que no las tenía, lo que le da mucha más fuerza que si las tuviera. Es decir, era sincera. Y era divertida y era emocionante y era irreverente y era sensible pero no era sensiblera y era crítica pero no era un mitin. Era nueva en el sentido que tú le dabas a ese término. Al contrario que Bacantes, lo siento, que me parece un buen exponente de los peligros de los que advertías a Pasolini sobre lo de constreñir lo que quieres decir a unas formas de hace veinte años. Igual habría que poner a Masacre en Nebraska en la sala grande y a Bacantes y su bolero de Ravel con mimos y castañuelas en la pequeña, a ver qué pasaba. Eso es lo que uno esperaría de un festival que se ocupa de lo nuevo. Pero bueno, como te decía, la mía es una opinión más. No le demos ninguna importancia más de la que se merece.

Con un poco de suerte te escribo pronto, Jonas.

Un abrazo enorme y, si les ves, dale otro a Pasolini y a John Cage, de mi parte.

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