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Notas que patinan #110: Un triangle de sol

He contado seis águilas viviendo en este valle. Hacia la una del mediodía suelen hacer una demostración sobrevolando a baja altura el cañón del río por parejas. A veces una banda de pajarillos se lanzan contra el agua del río, lo tocan con la punta del pico y vuelven a remontar el vuelo sin pararse. Parece como si jugasen. Vuelven una y otra vez hasta que, por lo que sea, se van por donde han venido. Esta mañana un cervatillo corría hacia mí cuando me dirigía a las cascadas. Se ha parado, me ha saludado con la cabeza y se ha internado en el bosque de robles. Sobre una de las rocas, en mitad del torrente que cae estruendosamente impidiéndome escuchar nada más de lo que sucede a mi alrededor, he leído Los tigres de Mompracem de Emilio Salgari, una novela de piratas de hace más de cien años donde la lucha contra los elementos es constante, el mar, la selva, las panteras, los tiburones, pero también el aroma de las flores que embriagan, decoran y engalanan, la luz de la luna que ilumina las noches, las hojas de los árboles que sirven a los seres humanos de techo, algunas, y de colchón, otras, y el viento contra las velas que propulsan a los barcos. Me he adentrado en el bosque varias veces para leer Robin Hood, escrito por Walter Scott hace doscientos años pero ambientado aún antes, en la Edad Media. He leído capítulos donde aparecen caballos por todas partes. Los caballos sirven como medio de transporte pero también para luchar montados sobre ellos. A veces una de las flechas que disparan los arqueros se clava en un caballo porque los guerreros prefieren herir al caballo antes que a la persona que lo monta. Desde mi ventana acabo de ver tres águilas sobrevolando de nuevo el valle.

Ayer vi Un triangle de sol, una película de Iñaki Álvarez y Ariadna Rodríguez, los nyamnyam. En la película aparecían caballos y seres humanos. Los caballos vivían en cautividad. Los seres humanos, a juzgar por lo que decían, también. Algunos de los seres humanos estudiaban bachillerato. Otros eran sus profesores. Otros habían ido a encontrarse con ellos para rodar una película. Los ejemplares adultos hacían su trabajo y les pagaban por ello. El resto estudiaban sin cobrar por hacerlo, como es habitual. Los seres humanos estudiantes se quejaban del tipo de educación que recibían. Escucharles era como escuchar a unos esclavos que han decidido que no hay donde escapar o que, pese a todo, prefieren quedarse ahí antes que enfrentarse a lo que les espera fuera. Pero sorprendentemente son extremadamente conscientes de que los que pretenden enseñarles lo único que consiguen, a no ser que se rebelen sutilmente, es convertirse a ellos mismos en instrumentos del sistema para mantener el orden establecido. En algún momento dicen que sería preferible aprender divirtiéndose o, al menos, que el sistema educativo se adaptase a los seres humanos a los que deben enseñar y no al revés. Les doman como a caballos. Esa parece ser una de las conclusiones a la que llegan, más o menos explícitamente, un día que visitan a unos caballos en cautiverio. Su profesora les cuenta que los caballos son animales muy sensibles, que tienen mucho miedo porque son como un bistec con patas para el resto de depredadores. Los humanos, más poderosos que los caballos, les han adiestrado para obedecer a fuerza de recompensas y castigos. La profesora les dice que eso es como los aprobados y los suspensos pero yo diría que ya lo habían entendido. ¿Por qué domamos a los caballos? Esa es la pregunta que flota en el aire. Para obligarles a hacer algo que no quieren hacer, que va en contra de su libertad, pensando sólo en nuestro provecho, no en el suyo. Parece que llegan a esa conclusión.

Yo también estudié bachillerato. En el primer curso, recuerdo que mi profesora de Ética nos dijo un día que ponerse el despertador y tomarse un café por la mañana para irse a trabajar, o a estudiar, equivalía a arrear con el látigo a un caballo para que se pusiese en marcha. Se me quedó grabado y me acordé viendo la película. Luego nos ponía canciones de La Polla Records para analizar sus letras. Recuerdo a uno de mis compañeros discutiendo con ella. El alumno le decía a la profesora que esas eran letras a favor del terrorismo. La discusión se alargó toda la clase porque derivó en una discusión sobre la moralidad de las torturas.

Hace cien años el Ayuntamiento de Barcelona inauguró un edificio de madera de dos plantas frente a la playa de la Barceloneta para educar a niñas y niños (era mixta). Se llamó L’Escola del Mar. Según leo la escuela no tenía libros de texto ni exámenes, no impartía las asignaturas convencionales pero se dedicaba a fomentar la música, los títeres, el dibujo, la escritura de crónicas y, sobre todo, los baños en el mar y los juegos al aire libre. La escuela hacia gala de democracia interna. Los propios estudiantes tenían capacidad de decisión sobre la organización del centro. La aviación fascista italiana, aliada del bando nacional durante la Guerra civil española, bombardeó la escuela en enero de 1938, el mismo mes que otra bomba caía en Sant Felip Neri convirtiendo de un bombazo aquel lugar cercano a la Catedral en la plaza que ahora es (donde aún se puede observar el impacto de la metralla de las bombas en una de las paredes, por cierto). L’Escola del Mar quedó arrasada pero no murió nadie. En Sant Felip Neri, donde había una guardería de refugiados, el bombardeo provocó veinte muertos.

Justo después de ver la película Un triangle de sol recordé haber leído por ahí el titular de una entrevista a la pedagoga Ani Pérez publicada por Vicent Almela en La Directa. El titular es un reclamo muy fuerte: “La introducción de las pedagogías alternativas en la escuela pública representa un peligro para la clase obrera”. Entro a leer el artículo. Veo que Ani Pérez es una investigadora interesada por el movimiento libertario y sus corrientes pedagógicas. Parece que se ha puesto a investigar el asunto con rigurosidad dejando de lado los prejuicios e inmunizándose contra las corrientes de opinión mayoritarias entre sus compañeros y las conclusiones a las que ha llegado es que, como suele ser habitual, las cosas son más complejas de lo que parecen y la superficialidad, las modas, el postureo, el pensar sólo en nuestro provecho (como con los caballos), el factor humano, en definitiva, pueden convertir las supuestas buenas intenciones o una supuesta buena solución en su contraria. Después de leer el artículo me dan ganas de leer a Ferrer i Guàrdia. Leer las fuentes, no dejar que nadie me las explique. Llevo décadas oyendo hablar de Ferrer i Guàrdia pero ¿alguien ha leído La escuela moderna?

En la película hay un ser humano estudiante que quiere correr junto a los caballos. Pero los caballos están quietos, no se mueven, ¿por qué iban a correr con él sólo porque a él le apetezca? ¿Qué pasaría si nos pusiésemos a correr a su lado?, se preguntan algunos de esos seres humanos. Compruébenlo ustedes mismos, no dejen que nadie se lo cuente.

Publicado en Teatron