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Notas que patinan #115: Movidas raras

Lo último de Rodrigo García se llama Movidas raras y se presenta como una webserie de siete capítulos de unos veinte minutos que se emiten semanalmente. Se puede ver gratis en la programación a distancia del festival Temporada Alta (con subtítulos en castellano) hasta el 13 de diciembre, hace unas semanas se proyectó íntegramente en Condeduque y también se puede seguir viendo en donde se estrenó este verano, en la web de Bonlieu Scène nationale Annecy, eso sí, en la versión en francés sin subtítulos en castellano.

La serie es una curiosa producción audiovisual creada durante el confinamiento y escrita para cinco intérpretes, cada uno grabado con medios caseros desde su casa. La combinación de intérpretes es lo primero que llama la atención: Denis Lavant, Angélica Liddell, Volmir Cordeiro, Florencia Vecino y François Chaignaud. Los intérpretes hablan cada uno en su lengua: francés, portugués y castellano (con acento madrileño o argentino). La producción añade fondos tirando a psicodélicos a las escenas que protagonizan cada uno de los intérpretes, además de incluir otros interludios visuales que dialogan con esas escenas.

Las obras de Rodrigo García están asociadas para muchos a su iniciación, a finales de los noventa y principios de los 2000, en un nuevo mundo escénico, diferente de lo que conocíamos hasta entonces. En cierta manera sorprende ahora el formato de esta producción audiovisual, con un regusto a programas de los ochenta como la Bola de cristal pero también a pelis de sketches a lo Monty Python, que parece que no tengan relación los unos con los otros, aunque luego sí. La serie está realizada en coproducción con una larga lista de centros de artes escénicas, cuando parecía que Rodrigo García estaba de retirada, dedicándose a escribir o a vivir pero en todo caso alejado de la escena que, después de consagrarlo por toda Europa, parecía haberse cansado de él, nadie sabe por qué. Curiosa resurrección.

Pero vayamos a los contenidos de la serie. Denis Lavant, el protagonista de películas como Holy Motors o Les amants du Pont Neuf, hace las veces de histriónico narrador y maestro de ceremonias que nos conduce por la acción, reflexiona sobre ella y al que siempre volvemos, una y otra vez. Cada capítulo fluctúa entre las secciones tituladas con la letra A de anabaptista, la B de Barry Lyndon y la C de Congas.

Angélica Liddell protagoniza la sección A. Sorprende ver a una reconocida creadora escénica como Angélica Liddell, que en ocasiones ha sido contrapuesta al otro famoso creador escénico de su generación, como es Rodrigo García, trabajando en una pieza de este último. Angélica Liddell, manteniendo siempre su estilo y su idiosincrasia, interpreta en la serie a la creadora de una secta anabaptista obsesionada con los asiáticos, que arranca pelos de su pubis para empaquetarlos en bolsas congeladas que distribuye a sus adeptos previo pago y a quienes bautiza con un sifón al grito de ¡Fitzpatrick!

La sección B es la de Barry Lyndon. A Volmir Cordeiro se le aparece Stanley Kubrick y le pide que vuelva a rodar Barry Lyndon, su famosa película. No que haga un remake sino que la vuelva a rodar plano por plano. Ese es uno de los leitmotivs de esta serie: Barry Lyndon intervenido, a veces sampleado a ritmo de tecno, a veces dialogando con la película, a menudo de una manera grotesca y otras simplemente aprovechando la época en la que la película está ambientada (siglo XVIII) para hablar de alguna de las obsesiones de Rodrigo García como, por ejemplo, la música antigua, como cuando Volmir Cordeiro propone que nos imaginemos que eso que oímos cuando alguien está utilizando una motosierra es en realidad Ton Koopman (un famoso intérprete de música antigua) tocando al órgano una fuga de Bach. François Chaignaud prosigue el trabajo de Volmir Cordeiro cuando el productor de la serie, sin razón aparente, decide prescindir de Volmir. Y lo hace sin salir de su habitación, por supuesto, caracterizado al estilo de la película de Kubrick pero rompiendo la imagen en pedazos de pantallas simultáneas mientras canta trap en francés o en falsete como un contratenor.

En la sección C vemos cómo Florencia Vecino monta una marca de zapatillas deportivas que se llama Congas en donde se explota a niños que creen estar simplemente jugando (atención a la metáfora). También se aprovecha la ocasión para crear escenas estéticamente inquietantes como cuando la vemos desnuda intentando acuchillar a algo invisible con una cabeza que en realidad son unas Nike Jordan o cuando crea la sugerente imagen que se utiliza en la promoción de la serie, esa en la que la vemos desnuda dentro de una cortina de plástico transparente mientras aspira el aire de fuera por un tubito.

Entre medias, y mezclado con todo esto, cabe de todo: primeros planos de insectos que parece que bailen la conga, animaciones 3D, cáusticos y brillantes textos sobre la suciedad y la miseria humana y, especialmente, sobre la rutina, el miedo a vivir, la adoración del dinero, el despilfarro de comida propio de los países del primer mundo, nuestra relación con las decisiones que uno toma en la vida, la hipocresía en relación a la sexualidad, la violencia o la infancia. A veces estos textos son dichos por los intérpretes en sucesivos monólogos (una de las características formales de las obras de Rodrigo García) y a veces se sobreimprimen en la pantalla (otro recurso formal característico de su sello, conviene recordarlo ahora que es un recurso tan habitual, años después de que muchos lo viésemos en sus obras por primera vez). Y todo aderezado con ese humor corrosivo marca de la casa. Al final de cada episodio se muestran los minuciosos storyboards que confecciona Rodrigo García para la serie, de la misma manera que nos habían contado que hace cuando crea sus piezas escénicas.

Me da la impresión de que en esta producción, sin declararlo explícitamente, flota una reflexión constante sobre la libertad: Aquí todo el mundo hace lo que le sale de la polla y Dejar a la gente en paz es distinguido, como se dice en uno de los últimos episodios. Pero el ingente material dispara en tantas direcciones que me imagino que permitirá que cada uno saque sus propias conclusiones, si así lo creyese necesario, porque quizás no haya ninguna necesidad de extraer ninguna conclusión de todo esto. Son simplemente Movidas raras. Y ya está.

Publicado en Teatron