Notas que patinan #9

Me despierto un viernes por la mañana en Berlín en una casa maravillosa, en Mitte, recién llegado, entra la luz por la ventana y, no sé aún cómo, mientras me voy despertando, acabo pensando y hablando de Tristán e Isolda, la ópera de Wagner. Pienso en que me gustaría ir a la ópera en Berlín. No se me ocurre mejor sitio que Berlín si quieres ver (y sobre todo escuchar) una ópera. Estoy en pleno corazón germánico. Más tarde, como aún no me he alquilado una bici, cojo un taxi para ir a Hau 2, la sala donde en ese momento Juan Domínguez está ensayando Blue, que se estrena al día siguiente. El taxi pasa por la Statsoper Unter den Linden y, de refilón, veo anunciado Tristán e Isolda dirigido por Daniel Barenboim. Vaya. Me informo en Internet y descubro que sólo van a hacer una representación, justo al día siguiente, a las 5 de la tarde. Compro por Internet un par de las últimas entradas que quedan sin tener muy claro si mis entradas para lo de Juan Domínguez están reservadas para ese mismo día o para el siguiente. La ópera dura 5 horas, con dos pausas, tiene 3 actos. Me da igual porque pienso que lo de Juan será a las 8 como muy pronto, quizá más tarde. En el peor de los casos, veo el primer acto y con la bici me planto en un plis en Hau 2. Lo mejor de Tristán e Isolda es el preludio del primer acto, escuchar el acorde de Tristán, ese acorde que seguramente inició una revolución en la música de su tiempo sin vuelta atrás. Ese acorde que el profesor de armonía de Schà¶nberg les recomendaba a sus alumnos que no fuesen a escuchar, no sea que se corrompiesen escuchándolo.

El acorde de Tristán

En fin, Schà¶nberg se moría de curiosidad, lo escuchó y se corrompió, claro. Le dio por buscar los límites de la tonalidad, del sistema musical con el que trabajaban a finales del siglo XIX y comienzos del XX, y cuando llegó a la frontera, decidió traspasarla y se armó. Luego vino el nazismo, Schà¶nberg emigró a Estados Unidos, Cage fue un día a visitarlo a su casa y le pidió ser su alumno, aunque no tenía ni un duro. Schà¶nberg le dijo que sí a condición de que Cage prometiese dedicar toda su vida a la música. Luego Cage quiso ir más lejos, se volvió a armar, y Schà¶nberg ya no quiso seguirlo. Pero esa es otra historia, aunque yo la tuve superpresente mientras asistía a la representación.

Escuchar el primer acto de Tristán interpretado por la Staatskapelle dirigida por Barenboim inaugurando la temporada en Berlín y luego irse a ver el estreno de Juan Domínguez me parecía un buen plan bastante divertido. Pero al final resultó que las entradas para Blue eran para el domingo, así que mi acompañante y yo íbamos a poder asistir tranquilamente a las 5 horas de Tristán e Isolda. Una tarde en la ópera.

Lo primero que nos encontramos fue una multitud de curiosos agolpada en la entrada esperando la llegada de los VIP que iban llegando en lujosos BMW, que era la marca que patrocinaba el evento, Oper für Alle, le llaman. Colocan un escenario fuera y retransmiten gratis la ópera en directo. Ese día llovió un poco pero la multitud aguantó estoicamente ahí fuera, con chubasqueros de esos que parecen bolsas de plástico. Dentro, mientras todo el mundo ocupaba sus localidades, los VIP iban llegando al palco, todos bien emperifollados, y se saludaban siguiendo el protocolo centrando la atención del resto de público. Parecía el Hola. Luego, en una pantalla gigante, en el escenario de la ópera conectaron en directo con la señal de las cámaras que seguían a un presentador como de show de televisión que no paraba de gritar en el escenario exterior. Cuando lo cortaron hubo ovación en la sala.

Entra Barenboim, ovación tremenda, esta costumbre que tiene el público musical de aplaudir para recibir a los músicos. Luego, silencio sepulcral. Como dice Mei en esta crónica a la cual he robado algunas fotos que yo no hice, no se me ocurre mejores intérpretes para esta obra que la Staatskapelle y Barenboim. Es un verdadero gustazo, un placer enorme escucharlos ahí en el foso, una maravilla que te acompañen durante 5 horas, en medio de esa penumbra que invita a echar alguna que otra cabezadita (¡son 5 horas!), ahí, amodorrado, mientras toda esa peña realiza un curro enorme para ti.

Y ya digo que los músicos estupendos, la partitura es un monumento del siglo XIX, los cantantes de primera, a mí me gustó especialmente René Pape como Rey Marke, aire fresco cada vez que intervenía. Bueno, cada uno tiene sus gustos. A mí me gustan sobre todo los preludios del primer y del tercer acto, se me ponía la carne de gallina. Pero de vez en cuando, entro en un estado de sopor similar a cuando estoy viendo una peli de Albert Serra o algunas de Godard (que por otra parte me encantan), no sé si veis por donde voy. Es lícito echarse cabezaditas en esas ocasiones, no me parece mal. A ver, Wagner buscaba el arte total a través de la ópera: música, dramaturgia, escenografía… Era lo más de su época, aún no se había inventado el cine. Pero visto en perspectiva, para un observador del siglo XXI, lo siento, Richard, pero me parece que no lo conseguiste.

El libreto es del tipo culebrón venezolano. Tristán viene de matar al novio de Isolda y se la lleva en barco para casarla con su tío. La amiga de Isolda les da a beber un filtro mágico y Tristán e Isolda se enamoran perdidamente. Cuando se entera su tío se arma la de Dios y acaban pegándole una puñalada a Tristán. Su compañero se lo lleva en barco pero Tristán está fatal. Isolda va a buscarlo y cuando lo encuentra él se muere. Isolda se suicida y en ese momento llega el tío de Tristán, que había decidido casarlos. Una tragedia, vamos. Es cierto que no entiendo el alemán y que a los alemanes eso les da igual (me parece estupendo) y los sobretítulos los ponen en alemán. Es cierto. Pero también es cierto que la escenografía, que es antigua, del 2000, por mucho ángel caído gigante y giratorio, no me ayuda demasiado (qué le vamos a hacer). También es cierto que los cantantes se mueven con esa lentitud y esa sobreactuación que me da grima. Pero a nadie parece importarle porque seguramente lo importante es la música, el resto es un puro adorno sin demasiada importancia. Lo que pasa es que la música está apoyando en muchos casos al texto y, aunque hay cien mil sutilezas en ese apoyo, para un público educado en otra sensibilidad todo esto puede convertirse en una verdadera tortura, embutido en unas butacas del siglo XIX durante 5 horas. Exige un esfuerzo. Hay que ponerse en el lugar de un espectador del siglo XIX o buscarse la vida y agarrarse a los cien mil detalles que uno puede encontrar si se fija bien. Durante 5 horas. Es un esfuerzo enorme para los paladares no acostumbrados. Pero nadie deserta, nadie se mueve, nadie hace ruido. En los descansos muchos salen fuera y se piden unas rosquillas o unas salchichas y una cerveza enorme en vasos de plástico en los chiringuitos puestos para la ocasión y hacen botellón delante de la ópera, vestidos de domingo o directamente de gala. Una escena curiosa. Y luego entran y se tragan otro acto y al final aplauden con una ovación que dura 10 minutos, los músicos suben al escenario, la gente patea las gradas y parece que todo se va a venir abajo. Qué curioso, ¿no? A mí me encanta pero no deja de ser raro. ¿Pero mucho más que asistir a un estreno de Juan Domínguez? ¿Menos raro? ¿Igual?

Tristan und Isolde de Richard Wagner

Statsoper Unter den Linden, Berlin

Conductor: Daniel Barenboim
Director: Harry Kupfer
Tristan: Ian Storey
Kà¶nig Marke: René Pape
Isolde: Waltraud Meier
Staatskapelle Berlin
Staatsopernchor

Visto el sábado 29 de agosto de 2009