A las seis menos diez de la madrugada del sábado 11 de abril camino a buen paso por delante del Palau Güell de Barcelona, el edificio que Gaudí construyó para la familia Güell a finales del siglo XIX. He pasado delante de ese edificio miles de veces pero, por lo que sea, quizá por la hora que es, me da por mirar hacia la azotea del edificio, que está iluminada porque aún es de noche y deja ver las inquietantes figuras que la presiden. En las Ramblas me encuentro con los restos del ambiente nocturno de la ciudad, donde se cruza la gente que vuelve de fiesta (los más) y los que nos acabamos de despertar (los menos). A las seis en punto Laura Arensburg nos recibe en La Capella del carrer Hospital para dar inicio a Deambula malvidente. Las veinte personas allí congregadas entramos en el interior de la capilla medieval. Suena música de órgano.
Laura Arensburg viste un traje azul de fantasía en el que deja ver la bata de paciente que vistió en el quirófano cuando la operaron de un desprendimiento de retina que padeció al llegar a Barcelona, según nos cuenta. También observo dos broches en forma de ojo en su vestido. Su mirada está iluminada por el maquillaje azulado que rodea sus ojos. Nos cuenta que estamos en el recinto del antiguo Hospital de la Santa Creu, fundado por el rey Martí l’Humà, quien puso la primera piedra el 17 de abril de 1401, hace casi exactamente 625 años, para construir un lugar que permitiese atender a los entonces numerosos peregrinos y vagabundos, gente que se mueve. Laura nos cuenta que en este mismo lugar murió Gaudí, el 10 de junio de 1926, después de ser atropellado por un tranvía, hace casi cien años.
Nos dice que hubiese querido comenzar en los jardines del antiguo hospital pero allí duermen ahora mismo vagabundos a los que no querría despertar a estas tempranas horas. Nos pide en cambio que levantemos nuestra mirada para observar el órgano que se encuentra sobre la puerta de La Capella. Normalmente pasa desapercibido pero esta vez está iluminado. El órgano es fijo, no se mueve, nos dice. A continuación nos pide que observemos el espacio reservado para los coros, a derecha e izquierda del órgano, casi dos jaulas. Nos sugiere que movamos los ojos de un lado a otro, de un coro a otro coro. De esta manera veremos al órgano moverse.

Luego nos entrega unas gafas, un rotulador y un papelito que lleva el siguiente encabezamiento: La (mal)vidente. Debajo está escrito: Prescripción de cristales o(ra)culares. A continuación hay un espacio para escribir precedido por la siguiente indicación: Escriba una pregunta que le haría a una (mal)vidente. Nos cuenta que vamos a desplazarnos a la zona alta de la ciudad utilizando las gafas que nos ha proporcionado, que provocan que veamos fatal. De esta manera podremos hacernos la idea de lo que se experimenta cuando, como le pasó a ella, has perdido parcialmente la visión. Y nos sugiere que el viaje lo presida la pregunta que nos anima a escribir en el papelito.
Salimos de La Capella con nuestras gafas de malvidentes puestas y nos dirigimos a la plaza que se encuentra detrás del Mercado de la Boquería. Allí nos esperan unos taxis. Monto en uno de ellos. Arrancan mientras iniciamos unas tímidas conversaciones en su interior. Miro por la ventana pero no sabría decir por dónde estamos circulando. Sigue siendo de noche. Lo que observo son luces que las gafas distorsionan hasta convertirlas en formas como las que asociamos a las neuronas. Quien me acompaña en el asiento de atrás del taxi me cuenta que ella también tuvo un desprendimiento de retina cuando tenía diez años. Se lo produjo el impacto de un balón de fútbol. Estuvo semanas recuperándose de la operación posterior, intentando moverse lo menos posible. En ese momento su madre comenzó a leerle cuentos y ella recuerda haber pensado que prefería perder la vista que el oído.
Yo no he pasado por esa experiencia pero en mi adolescencia me di cuenta de que era miope una noche, acompañando a unos amigos de mis padres que estaban de visita en Barcelona, cuando observábamos la ciudad desde el Palau Nacional de Montjuïc y yo no era capaz de leer algunos de los rótulos en letras de neón que se veían a lo lejos. Cuando mis padres me llevaron al oftalmólogo me puso unas gotas para dilatar las pupilas. Su efecto duraba unas horas. Al salir de la consulta veía más o menos como con las gafas que nos acaba de dar Laura Arensburg. Recuerdo el desamparo que sentí entonces. Si hubiese ido solo a la consulta no sé si hubiese sido capaz de volver a casa por mis propios medios. Antes de montarnos en el taxi, Laura nos ha pedido que escribamos alguna palabra en cada momento del recorrido. Escribo gotas y neuronas.
Llegamos a nuestro destino. Salimos de los taxis, siempre con las gafas puestas. Entramos en una clínica, en la clínica donde operaron a Laura. Subimos escaleras. Soy capaz de caminar y hasta de subir escaleras pero lentamente y con mucho cuidado porque apenas veo. Nos conducen a una terraza. Desde allí se supone que se ve el mar pero yo no lo distingo. Alguien dice: ¿aquello no es Montjuïc? Ni idea. Solo veo luces y sombras.
Estamos allí para ver la salida del sol pero son las siete y el sol todavía no se ha decidido a salir, aunque ya no es de noche. Una doctora nos cuenta que el edificio está construido de manera similar a un ojo. Estamos en la parte delantera, donde el ojo se abre a la luz. En el resto del edificio no hay luz natural. Esperamos pacientemente a que salga el sol. Lo hace por fin, después de hacerse de rogar, pero está un poco nublado, así que con las gafas puestas apenas se percibe una forma vagamente circular que podría ser simplemente una nube, como podría serlo también la luna que flotaba hacia el sur hasta hace solo unos minutos. No resisto más y levanto un poco las gafas para observar el paisaje. Veo el mar por fin. Me doy cuenta de dónde estoy, más o menos. Enfrente reconozco otro de los edificios de Gaudí, la Torre Bellesguard (Bellavista, en castellano). La vista es impresionante.

Vuelvo a colocarme las gafas malvidentes. En la terraza nos invitan a degustar un desayuno. Nos cuentan lo que está sobre la mesa porque con las gafas puestas no somos capaces de verlo bien: infusiones, fruta, un pastel, huevos duros, una tostada con sardina… Nos invitan a que nos sirvamos y nos ofrecen ayuda si la necesitamos. Yo la necesito. No para coger un huevo con mis manos, aunque es inquietante comer algo que no ves con detalle (lo que aplica también para la tostada con sardina). Pero sí necesito ayuda para que me sirvan un té sin derramarlo.
A continuación entramos en el interior de la clínica. La doctora nos cuenta que la arquitectura del edificio está pensada para que los pacientes y los médicos solo se encuentren en las consultas. Mientras que los pacientes se mueven por los círculos exteriores los médicos lo hacen por los círculos interiores. Como en un meublé, oigo por ahí. Apunto meublé en mi papelito. Entramos en una de esas habitaciones para que la doctora nos enseñe un montón de aparatos blancos sofisticadísimos, como de nave aeroespacial. En una de esas habitaciones Laura Arensburg se presta a poner sus ojos para que los observemos desde el visor de uno de esos aparatos. Nos desprendemos de nuestras gafas y hacemos una fila para ir pasando por turnos a observar sus ojos con un detalle que jamás había experimentado. Es como observar un planeta en el espacio a través de un telescopio. Escribo iris en mi papelito.

La doctora nos invita a pasar a una sala con butacas y pantalla gigante donde nos cuenta que los médicos se reúnen cada día a las ocho menos cuarto de la mañana para repasar colectivamente los casos clínicos. Allí nos hace una presentación con diapositivas sobre la anatomía del ojo. Lo más alucinante de todo lo que cuenta es que, utilizando sus sofisticados instrumentos de observación, a través del iris se puede ver el interior del globo ocular, donde hay venas, por ejemplo, que de otra manera no podrían observarse sin penetrar físicamente en el cuerpo humano. Nos muestra fotografías de todo eso mientras nos cuenta la historia clínica de nuestra anfitriona. Laura Arensburg comenta que parecen mapas.
Salimos del edificio otra vez con las gafas puestas. Vamos a cruzar la Ronda de Dalt desde un paso elevado. Nos cogemos de las manos para cruzar la calle. Nos fiamos de quien nos dirige, que espera a que el semáforo se ponga verde para los peatones. No percibo bien los colores. Laura nos cuenta que estamos cerca del tanatorio de Sant Gervasi, que queda algo más arriba. Recuerdo los malos momentos que he pasado allí pero también sus impresionantes vistas con el mar desplegándose imponente a lo lejos. Mientras cruzo voy escribiendo en mi papelito pero paro de escribir porque me parece algo temerario. Una vez al otro lado me acerco a la barandilla del puente para ver los coches que pasan por debajo. Más que tráfico parece plasma sanguíneo circulando por las venas. Laura deja caer que los cruces de caminos son lugares especialmente indicados para realizar rituales. Nos invita a escribir algo en nuestro papelito. Escribo: escribir palabras mientras te juegas la vida.
Llegamos a la Torre Bellesguard. El guarda nos echa un poco la bronca porque dice que llegamos tarde, aunque Laura sostiene que no. El guarda le dice que solo teníamos una hora y que faltan veinte minutos para que acabe. Pero después de eso desaparece y no volvemos a verle más en la próxima hora. Nos damos una vuelta por sus magníficos jardines, sin entrar en el edificio, que permanece cerrado.
Laura nos cuenta que Gaudí construyó esa impresionante torre en 1910, quinientos años después del fallecimiento del rey Martí l’Humà. Fue ese rey quien mandó construir un castillo al final de su vida donde ahora se levanta la torre. Gaudí lo encontró en ruinas pero aprovechó parte de su estructura. Desde una terraza elevada Laura nos muestra dos estructuras en el jardín que parecen dos ojos. Una de ellas está hecha a base de trencadís. Bajamos a su encuentro. A indicación de Laura nos quitamos las gafas y nos colocamos en dos círculos concéntricos, mirándonos los unos a los otros. Nos pide que nos miremos a los ojos. Observo los ojos de quien tengo enfrente. Es embarazoso. Me cuenta que el color de sus ojos cambia con la luz. En ese momento me parecen de color miel. Laura pide a los del círculo interior que se desplacen una posición. Se repite la operación varias veces. Un chico me dice que llevo lentillas. Miro a los ojos a un puñado de personas hasta que noto que desaparece mi vergüenza.

Nos sentamos en unos bancos también de trencadís, otra vez enfrentados los unos a los otros. Laura nos pide que cerremos los ojos para descansar de tanta movida. Pero también nos pide que observemos nuestros ojos por dentro mientras respiramos. Y luego nos pide que releamos lo que hemos escrito. Al final del papelito hay un apartado para la prescripción. Yo he ignorado ese apartado. De hecho, las gafas no me habían permitido leerlo. Laura nos pide, si queremos, que compartamos lo que hemos escrito. Siento una terrible vergüenza solo de pensarlo. Sobre todo por la pregunta que le he hecho a la (mal)vidente. Me paro a pensar si creo haber recibido la respuesta a la pregunta. No lo sé, la verdad. Quizá aún sea demasiado pronto.
Una chica se arranca. Dice que su pregunta fue: ¿cómo sabré que debo irme? La que iba a mi lado en el taxi toma el relevo. Su pregunta se parece mucho.
Imágenes de Pep Herrero
Publicado en Teatron