
La Orquestina de pigmeos, de los muy queridos y admirados artistas leoneses Nilo Gallego y Chus Domínguez, nos citó el viernes pasado a las nueve y media de la noche en la antigua fábrica de harinas de Benavides de Órbigo, a media hora de León, para asistir a Fábrica de noche, una intervención site-specific de tres horas de duración, enmarcada dentro de los actos de la Celebración de los 50 años de España en libertad, a la que asistieron unas quinientas personas, la mayoría habitantes de la comarca. Se da la curiosa coincidencia de que, a pesar de su larga trayectoria, era la primera vez que la Orquestina de igmeos como tal actuaba en la provincia de León.
En la entrada al recinto fabril, con más de un siglo de historia, el público recibía un papel impreso en una vietnamita, la popular imprenta portátil utilizada por los integrantes de la lucha antifranquista de los años sesenta. Un ejemplar de ese tipo de imprentas se encontraba a la vista en una de las mesas de la entrada. Los papeles impresos con la vietnamita se secaban al aire colgados con pinzas de unas cuerdas. El papel que se entregaba al público mostraba, a la derecha, el cartel de la intervención, con un dibujo de la fábrica, y, a la izquierda, las instrucciones para el público, basadas en los Consejos para escuchar un concierto de campanas del veterano artista sonoro Llorenç Barber. Las instrucciones comenzaban con un sugerente “muévete despacio, sobre todo cuando llegue la noche”. En el anverso de la hoja habían estampado dos sellos con el título de la intervención, sus autores y el lugar.

En el exterior del edificio de la fábrica, lo primero que llamaba la atención eran los cuerpos tumbados en el suelo de jóvenes que, diseminados aquí y allá por todo el exterior del recinto, parecían dormir plácidamente. Junto a cada uno de esos cuerpos, que reposaban sobre colchonetas, había un altavoz conectado mediante un cable a un sensor pegado a la cabeza de cada uno de los jóvenes. Por cada altavoz se escuchaba la voz susurrante de cada uno de ellos, como si escuchásemos sus pensamientos. Al abandonar a uno de esos cuerpos para ir al encuentro de otro, si eras lo suficientemente rápido, podías darte cuenta de que lo que contaban esas voces diferentes era lo mismo, con un cierto retraso temporal, un retraso que permitía escuchar el final del discurso que acababas de abandonar, un discurso que continuaba en la siguiente visita a uno de esos cuerpos aparentemente dormidos. El texto, fragmentario y que a veces uno tenía que completar en su imaginación porque el ruido ambiente impedía escucharlo con absoluta definición, propiciando el silencio y el acercamiento al cuerpo inerte que parecía estar retransmitiéndolo telepáticamente, hablaba de multitud de temas: el tempo del latido del corazón y su relación con la música, la añoranza por un lenguaje más primitivo que el nuestro, la inquietud que produce la percepción del silencio en un bosque o el terror cotidiano de una madre en la época de la dictadura.

En la parte más lejana a la entrada del recinto nos encontrábamos con un arroyo que pasaba al lado de uno de los edificios de la fábrica. Allí, sobre la hierba rodeada de árboles, cuando ya se aproximaba la noche, mientras el público se movía ocupando todo el espacio exterior de la fábrica, tres miembros de la orquesta local de Los Cirolines (un señor nonagenario con un tambor, junto a un hombre y una mujer con dulzainas) se preparaban para la siguiente acción. Cuando comenzaron a tocar, temas tradicionales, avanzaron en dirección a los jóvenes tumbados, a los que parecían ir despertando al mismo tiempo que las voces de los jóvenes se apagaban. El público siguió a la comitiva hasta colocarse enfrente de la fachada principal de la fábrica, donde tomó asiento en sillas, bancos o en el suelo. Como si la música las estuviese reclamando, algunas mujeres del publico salieron a bailar, parecía que espontáneamente, al estilo de las danzas tradicionales. Se iba haciendo de noche, los músicos dejaron de tocar y alguien al que ya no veíamos muy bien se colocó ante el público para pedirle silencio y respeto para lo que iba a suceder a continuación.
Entonces asistimos durante quizá una hora y media a una especie de cine vivo, una superproducción casera, que a mí me recordó por momentos a una de las más memorables piezas de la Orquestina, también realizada para una fábrica, Fuera de la fábrica Beta. No lo voy a contar en orden cronológico porque, pasados unos días después de la experiencia, los recuerdos se mezclan en mi memoria y ya no sé qué fue antes y qué fue después, como pasa a veces cuando recuerdas un sueño.

Un joven apareció con una antena parabólica que dirigía hacia diferentes lugares de la fábrica, como si recogiese los sonidos que guardaba en su memoria el edificio, unos sonidos que escuchábamos perfectamente a través de unos altavoces: desde sonidos rítmicos de máquinas hasta rebaños de ovejas. Los jóvenes que habíamos visto antes se recostaron en la pared y se sirvieron unos caldos. Al fondo, a la izquierda, más allá de la carretera que daba entrada al pueblo, a lo lejos, vimos pasar a gente que parecía volver de una romería, con cabezudo incluido e incluso bengalas que producían un humo espeso. Ante nosotros aparecieron coches que encendían sus luces para iluminar el espacio entre la fábrica y el público, lo que sería la escena. Uno de los coches parecía comunicarse haciendo señales morse, en concreto la de SOS. Me lo dijo uno del público que decía tener una linterna moderna con un botón para producir ese tipo de señal lumínica. Las ventanas de la fábrica se iluminaron en varias ocasiones, a veces rítmicamente sincronizadas con música que escuchábamos y que no sabría decir si en realidad no eran más que sonidos rítmicos producidos por máquinas como las que habitaron en el pasado la fábrica. Dos de las fachadas mostraron imágenes proyectadas que las bañaban por completo. En esas imágenes vimos a los jóvenes durmiendo unos sobre otros en el interior del edificio. También vimos a un búho lanzarse a cazar un ratón en medio de la noche. Y esas imágenes nos permitieron experimentar lo que se ve desde un coche que recorre una carretera del pueblo, una carretera construida por los reclusos prisioneros en los sótanos de esa fábrica durante la Guerra Civil. El resultado de todo esto era hipnótico. Era como un cine de verano que se salía de la pantalla, que entraba en el edificio y al que la fábrica contestaba con sus propias luces y su propio sonido.

Vimos proyectados sobre la fábrica los documentos de guerra en los que se detalla el episodio que conectaba con la temática de esta celebración, mientras oíamos a través de los altavoces a dos de los descendientes de los propietarios de la antigua fábrica, un hombre y una mujer, de la familia Fernández Nistal, contándonos lo que allí pasó en el año 38, durante el segundo año de guerra. La mujer no parecía muy interesada en dar muchas explicaciones sobre ese episodio, sí en hablar de las cosas bonitas que pasaron en ese lugar antes de la guerra. El hombre, en cambio, lo contó todo con mucha delicadeza. Unos prisioneros del bando republicano, seguramente civiles, traídos de diferentes puntos de España, fueron obligados a recluirse allí y a realizar trabajos forzados para construir una de las carreteras del pueblo. Un episodio silenciado, del que casi nadie guarda memoria porque, como tantos otros episodios de esa guerra, poco o nada se había hablado de él. El testimonio contaba cómo algunas mujeres del pueblo visitaban diariamente a los prisioneros para lavarles la ropa, traerles comida o enviar su correo. También contaba cómo uno de ellos, que debía de ser artista, restauró una de las imágenes de una iglesia del pueblo.

Aparecieron de nuevo los jóvenes. Trajeron con ellos sillas plegables. Se sentaron en ellas. El extremo de una cinta de papel surgió desde una de las ventanas del sótano donde los presos se confinaban durante la guerra. El joven más próximo al punto donde apareció la cinta pareció leer en voz alta lo que en ella estaba escrito. Una sílaba. Luego tiró un poco más de esa cinta, pasándola a su compañera más cercana, y leyó algo más: una onomatopeya. Su compañera leyó a su vez lo que él había leído unos instantes antes. Y pasó la cinta a la siguiente mientras leía lo que en ella iba apareciendo a continuación. Las jóvenes repitieron esa operación pasándose la cinta de mano en mano mientras la cinta iba creciendo y creciendo y las voces se iban sumando a medida que cada vez más jóvenes iban siendo alcanzadas por la llegada de la cinta, como un canon musical infinito. Esa operación duró minutos. Escuchamos a multitud de voces simultáneas mientras la cinta, como una larguísima serpiente venida de aquel lugar tan cargado de significación, del subsuelo, del pasado, iba mostrándonos todo su tamaño y su poderío. Pero llegó un momento en que la cinta serpiente se acabó. Ya no salía nada más del antiguo calabozo. Entonces el primero de los jóvenes, ya sin cinta que sostener en sus manos, se levantó, subió las escaleras que le separaban de la entrada del edificio y desapareció dentro de él. Una voz menos. Instantes después su compañera más cercana desapareció también. Dos voces menos. Poco a poco todas las intérpretes fueron poniendo punto final a su letanía a medida que la cinta desaparecía de sus manos. Hasta que solo quedó una y al marcharse volvió el silencio. Parecía como si hubieran acabado de practicar un exorcismo.

De una chimenea en forma de torre que se elevaba hasta lo más alto del edificio cayeron multitud de papeles en varias oleadas. Cuando nos levantamos a recogerlos vimos que eran textos impresos con la misma calidad que los que habíamos recibido en la entrada. Sus páginas, numeradas, si las doblabas, permitían construir un fanzine cuyas portada y contraportada eran el papel que habíamos recibido al principio. Los textos impresos eran los que habían leído los jóvenes cuerpos inertes del comienzo de la performance. Al final aparecían las fuentes de esos textos, sus autores, del filósofo Mark Fisher a la poeta María Salgado pasando por la artista Dora García o el artista sonoro R. Murray Schafer, y quien los había recogido y reelaborado, la escritora Marta Echaves, también autora de alguno de ellos, sin que se especificasen qué textos pertenecían a quién.
Gente del equipo organizador montó unas mesas ante la fachada. Trajeron unas ollas gigantes. Nos acercamos a que nos sirviesen unas sopas de ajo riquísimas, cerca ya de la medianoche, cuando ya había refrescado lo suficiente para que la mayoría nos colocásemos alguna chaquetina por encima. Las acompañamos con unos vasitos de vino.

Quizá entonces sonó lo que parecía la sirena de la fábrica (¿o eso fue después, al final de todo?). Y a continuación comenzó a sonar música electrónica de baile dentro de la fábrica. El público pudo entrar dentro de la fábrica, por fin, aunque muchos no lo hicieron, y allí, un par de deejays (Noelia Sánchez AKA Neonoe y el artista sonoro Notone), por turnos, pinchó música electrónica hasta la una de la madrugada. Quien quiso tuvo la oportunidad de bailar en la antigua fábrica, sobre lo que en 1938 fueron las mazmorras de una especie de pequeño campo de concentración, como lo definió en algún momento esa voz que nos contó lo que allí había sucedido, lo que nos había traído hasta ahí.

Había pósters colgados en los muros con el anuncio de la actuación que estábamos presenciando, impresos (¿con la vietnamita?) sobre sacos de harina. Hubo quien los arrancó para llevárselos a casa, como hacen los fans de los grupos musicales. Imagino que Silvia Alonso, la artista visual que los diseñó, se alegraría de ese robo.
Las quinientas personas del público llegaron todas, prácticamente sin una baja, hasta la rave final. La delicadeza de la Orquestina de Pigmeos es legendaria. El intenso trabajo de campo que se intuía detrás de esta intervención consiguió reunir en esa fábrica abandonada a medio millar de personas de todos los colores, de todas las edades, gente del lugar, que asistieron unidas a una ceremonia de sanación, en su honor, como un regalo, a medio camino entre la tradición popular del lugar y la creación artística más contemporánea. Estuvieron allí, casi sin pestañear, a veces comentando en voz alta con el compañero de asiento lo que iba sucediendo, según lo que les sugería o lo que les recordaba, durante más de tres horas. Los artistas no pidieron ni un aplauso a cambio, aunque el público aplaudió espontáneamente en varios momentos, durante una performance cuyo final se diluyó en una fiesta.

Publicado en Teatron