Notas que patinan #152: Están jodidos / dicen que se alegran

Rodrigo García estrenó Están jodidos / dicen que se alegran en Contemporánea Condeduque, desde el jueves 24 hasta el domingo 27 de septiembre, en la ciudad de Madrid, en donde parece que asistimos a una recuperación de su trabajo de la mejor de las maneras como se puede homenajear a un artista vivo: permitiéndole que desarrolle sus nuevas creaciones. Este nuevo empuje proviene del lugar más insospechado, La Casa Encendida, a la que nunca hubiésemos relacionado con el trabajo de Rodrigo García porque hasta fechas recientes no nos consta que le hubiese prestado ninguna atención. Pero la nueva dirección de ese centro cultural madrileño parece dispuesta a reparar años de ninguneo (de la ciudad de Madrid y del Reino de España entero, porque el trabajo de Rodrigo García ha tenido que desarrollarse y recibir reconocimientos principalmente en el extranjero) dedicándole un ciclo entero, Foco, con la intención de que produzca nuevas obras (esta última con la participación también de Condeduque), un gesto que permite que los seguidores de Rodrigo García estén de enhorabuena: desde enero hemos podido disfrutar de varias obras de formatos muy diferentes como Hágalo usted mismo (proyección de vídeo con música en vivo), Hamlet está fatal (videocreación acompañada de una instalación), Las chicas (Onna no kojoshi) (pieza sonora con fragmentos de un próximo libro) y este Están jodidos / dicen que se alegran, en formato escénico. Además, el ciclo promete cerrarse con la publicación de un esperado nuevo libro (por cierto, el texto de Están jodidos / dicen que se alegran está disponible ya en edición de La uña rota).

Están jodidos / dicen que se alegran es una obra antifascista, en el sentido que John Cage daba al arte fascista. Para Cage, el arte fascista es ese arte que te lleva de la manita constantemente para inducirte en cada momento las emociones que al autor le parezcan convenientes. Es un arte que no permite ninguna libertad al espectador porque lo que pretende es que el espectador se someta al autor, que es quien decide hacia dónde debe dirigir la atención el público. El éxito de estas obras llamadas fascistas por Cage es que el espectador sea conducido con éxito por el artista hacia donde el artista quiera. En este tipo de obras, el público amante de este tipo de arte, siente que la cosa ha ido bien, que la obra es buena, si se ha sentido conducido convenientemente, si no ha notado un bache en su atención, si no ha tenido que trabajar demasiado, si se ha puesto en manos del autor y le han llevado hasta donde el autor quería llevarle sin demasiados contratiempos, con fluidez, sin sentir el paso del tiempo. Llevado al extremo, este sería el objetivo de las obras llamadas de entretenimiento: poner la mente en blanco y sentir que las horas se pasan volando mientras te cuentan una historia entretenida. Sin más.

Por contra, otro tipo de arte, el que Cage promovió durante gran parte de su vida, el que estoy llamando provocativamente arte antifascista (aunque no me lo invento yo, así lo llamaba él), procuraba que el arte promoviese la libertad del espectador, para tomar sus propias decisiones, para elegir dónde colocar su atención en cada momento y para no dejarse conducir acríticamente sino más bien elegir su propio camino, o crearlo incluso, durante lo que durase la experiencia artística. Y, ya para acabar de rematarlo, un arte que no le hiciese ningún asco a una cierta sensación de aburrimiento, tan sana, tan depuradora y sobre todo la antesala, la puerta, de otro tipo de percepción, de otras sensibilidades y de un placer más sostenido, que dejase más huella, más estimulante intelectualmente, incluso más profundo en un plano energético o espiritual. Para conseguirlo, Cage (y otros que le siguieron y que le antecedieron) utilizaba estrategias como los tiempos dilatados, la repetición o la simultaneidad. Todo eso estaba en esta última obra de Rodrigo García. Por eso creo que podemos hablar de ella como una obra de arte antifascista, me atrevo a decir que quizá la más antifascista (en el sentido cageano) de las que Rodrigo García ha producido hasta el momento.

Al llegar a la sala, en el escenario, sobre linóleo blanco, con lo primero que nos encontramos es con un músico en un costado, Pier Bruera, tocando la batería y diversos instrumentos, la mayoría electrónicos. Este excelente y sensible músico nos regalará una magnífica sesión que durará prácticamente como la obra entera: unas dos horas. Lo siguiente que percibimos es que el escenario está inundado de objetos, como si un camión hubiese descargado el resultado de una compra muy loca en el Rastro o como si alguien hubiese estado acumulando mierda en un piso durante décadas y luego lo hubiesen vaciado en escena, mezclando los sofás con diversos elementos de construcción recogidos en una obra pública de las que inundan las calles de cualquier ciudad española (como si no hubiese un mañana ni otra cosa que hacer). También vemos dos máquinas dispensadoras de latas de bebidas. Y dos performers, vestidos con un mono azul: un hombre, Volmir Cordeiro, y una mujer, A. Livingstone. Y, quizá por llegar un poco tarde (me imagino que no estaban ahí desde el principio), dos personas del público sentadas en uno de los sofás, dando la espalda a la platea para contemplar lo que sucede en escena desde una privilegiada primera fila. Ahí tenemos básicamente todos los elementos con los que la obra se desarrollará en las próximas dos horas. Excepto uno: el texto que, como media hora después, aparecerá proyectado en la pantalla gigante que forma la pared del fondo del escenario. Un texto que se hace esperar más de la cuenta hasta el punto de imaginar si a ver si vamos a estar asistiendo a la primera obra sin texto de Rodrigo García. El texto, como de ordenador antiguo, en mayúsculas, irá pasando de derecha a izquierda, en una sola línea y sin un solo símbolo de puntuación.

Pero mucho antes de que el texto aparezca por primera vez, los performers ya están moviéndose por el escenario, trasladando objetos de sitio, construyendo estructuras con ellos, subiéndose a esas estructuras, tirando cosas de un lado a otro, saltando, brincando, bailando, echando líquidos sobre los objetos o sobre el suelo, revolcándose por ese suelo, acercándose al público para ofrecerles algún objeto, e invitando, de vez en cuando, a alguien del público a que los acompañe en escena para disfrutar del espectáculo desde algún punto del escenario.

En el momento en que el texto aparece mi atención se dirige a él. Cuando, después de un rato dedicado a leer el texto, vuelvo a centrar mi mirada en lo que sucede en el escenario, aunque pensaba que había seguido la acción con el rabillo del ojo, todo ha cambiado por completo. No sé cómo se ha construido una torre, los perfomers están haciendo el loco sobre una nueva estructura, el público que antes se sentaba en un lugar preferente del escenario ahora se encuentra en otro lugar, todo ha mutado y no me he dado ni cuenta.

El texto comienza más o menos así (pero en mayúsculas): ¡oh! este mundo es tan bello que hay que cambiarlo por otro diferente tanto esplendor hace daño a los ojos y a las orejas pubis boquete anal fosas nasales el cutis los tejidos subcutáneos la esperanza ilusiones a puñados ¡oh! este mundo es tan bello que hay que cambiarlo por otro diferente tal magnificencia me reventó los tímpanos vi —en cámara lenta y sin sonido— a la melancolía perder todos sus regimientos en la batalla del honolulu nuestro de cada día ¡waterloo! ¿qué coño honolulu? mermelada y huevos con bacon niños son las siete tenéis las sábanas pegadas ¡oh! este mundo es tan bello que hay que cambiarlo por otro diferente los taciturnos se rindieron desplegaron su improvisada bandera blanca un trapo de fregar toc toc ¿hola?

La primera frase me recuerda a esta de Cage: no intenten cambiar el mundo, solo conseguirán estropearlo más. Quizá sea solo una coincidencia. En todo caso, ese texto, en un primer momento, me parece muy diferente a otros de Rodrigo García, muy diferente del estilo de los que nos tiene acostumbrados. Aprecio la novedad. Aunque es una primera impresión. A medida que avanza la obra pienso que quizá no sea tan diferente, en realidad. A este texto le sucederán otros que se parecen más a algunas diatribas corrosivamente humorísticas y despiadadamente críticas de otras obras, textos que algunos de los presentes entre el público celebrarán con sus risas, textos sobre la comida falsificada y sobre la estupidez de cierta educación promovida por familias progres (woke las llama ya) pero también de la de las familias cuya religión es el dinero. A la hora de repartir, Rodrigo García no distingue entre familias ideológicas cuando se embarca en la batalla contra la estupidez maligna, lo cual no siempre es bien recibido por su público, como es lógico. Pero de esta manera se evita caer en el discurso de misa más trillado dirigido a un público previamente convencido. Aunque también se le acusa de eso, de dar discursos como los que dan los curas, cargando contra los que no vienen a misa pero también contra los pecados de sus feligreses.

Lo que sucede en escena tampoco es tan diferente de otros escenarios llenos de porquería con los que Rodrigo García ha jugado en el pasado y que le caracterizan. Pero siento que algo ha cambiado. Tengo más espacio a pesar de la confusión, o quizá gracias a ella. Mientras el músico sigue tocando, los performers pinchan discos en un tocadiscos situado en el otro extremo del escenario, a la derecha. Escuchamos dos músicas simultáneamente. Pero cuando leo el texto el disco que suena es una voz que me obliga a esforzarme más para entender lo que estoy leyendo, una voz a veces en inglés, otras en portugués, o en francés. En mitad de la obra me doy cuenta de que al menos una de esas voces está diciendo lo mismo que parte del texto proyectado pero en otro idioma. En la pared del fondo se proyectan imágenes y vídeos donde aparecen Volmir Cordeiro y A. Livingstone liándola parda de la misma manera que les vemos hacerlo en escena.

Hay gente que se va de la sala (aunque curiosamente algunos de los que abandonan compran el libro con el texto de la obra que se vende a la salida, según descubriré después) pero otra gente se acerca al escenario espontáneamente y se introduce en él, después de que alguno de los performers los reciban, les hablen al oído y les ofrezcan bebidas que extraen de las máquinas dispensadoras. La confusión aumenta. ¿Acaso podemos subirnos al escenario? No parece que eso esté preparado. Volmir Cordeiro, cuando deja de comportarse como el más moderno de los arlequines, pilla un panel de cartón y lo coloca apaisado sobre el suelo del escenario, cerca del músico. Pilla un proyector, lo coloca en el suelo y lo dirige hacia el panel. Sobre el panel comienza a proyectarse el mismo texto que apareció al principio. Pero en el fondo del escenario se proyecta simultáneamente otro texto diferente. En él se habla irónicamente de que si no pillaste la ola del éxito con treinta años la culpa no es más que tuya. Y que los triunfadores que sí lo hicieron, normalmente unos pijos, son los que fabrican las películas y las series que ves todas las noches, en las que se ensalza la rebelión y la revolución que precisamente ellos se encargan de neutralizar con sus creaciones dirigidas al entretenimiento. Mientras tanto puede que A. Livingstone haya pillado un micrófono y esté hablando en inglés disimuladamente y en voz baja, añadiendo un poco más de caos o abriéndonos una nueva puerta, eso dependerá de cada cual. Ella hará como si en realidad no le importase nada lo que pensemos de ella o de sus compañeros de escena, aunque se mostrará amable con cada miembro del público que suba al escenario y nos ofrecerá sonriente las bebidas que hayan sobrado al final de la actuación, mientras parte del público abandona la sala y el resto se sube al escenario para pasearse por él y contemplar de cerca cada uno de los objetos desperdigados.

A la salida, el domingo, algunos del público caminamos hacia Sol, donde un montón de gente, en su mayoría jóvenes que eran niños cuando el 15M, acampan reclamando que el capitalismo retroceda un poco, al menos que nos permita seguir viviendo bajo un techo. A juzgar por la que han montado en pocas horas es evidente que están mejor organizados, quizá por la experiencia de sus antecesores, de la que seguramente habrán aprendido. Esperamos que tengan más suerte. No puedo evitar comparar el follonaco del escenario que hemos pisado hace un rato con el de la plaza que estamos pisando ahora, mientras me adentro entre las tiendas de campaña fijándome en cada uno de los detalles.

Publicado en Teatron