Notas que patinan #149: Dispararse un tiro en el pie

Núria Corominas presentó Disparar-se un tret al peu en la Sala Bar del Santa Mònica dentro de la programación de los Dijous de veu i paraula, comisariada en esta ocasión por el PEN Club Català, organización que defiende la libertad de expresión y la lucha por la liberación de los escritores perseguidos. El encargo tenía un tema: la autocensura.

Para la ocasión, Núria Corominas se acompañó de los músicos Dani Ruiz (sintetizador) y Joel Beltrán (guitarra y voz). Ellos comenzaron la sesión, con un tema musical repetitivo y sosegado. Núria Corominas apareció un poco después para colocarse de pie detrás de una mesa que sostenía unos papeles y ayudada por un micrófono. Lo primero que hizo fue llorar ostensiblemente.

A continuación, lentamente, en diálogo con la música que interpretaban sus compañeros de escenario, comenzó a leer sus papeles, escritos en catalán, interrumpiéndose de vez en cuando para tomar aire, haciendo esfuerzos evidentes para relajarse, como si intentase recuperar el control que los nervios supuestamente le hacían perder, saliendo por la puerta para gritar fuera de la sala, saludando al público luego, provocando aplausos que evidenciasen que el público estaba con ella, que deseaban que siguiese con lo que estaba comenzando a hacer, que no abandonase, mostrándole su apoyo y su cariño. El tono era bufonesco, un registro que Núria Corominas ha utilizado en otras ocasiones en sus trabajos en solitario, un recurso que le proporciona la máscara para decir verdades como puños provocando risas que a veces se quedan congeladas en los rostros de quienes la observan. Un registro que le permite también salpicar su discurso de cierta poesía sin caer en la pesadez, evitando el riesgo de volverse demasiado seria o de tomarse demasiado en serio.

La historia que contó, porque era una historia, era la historia de una artista sin demasiado éxito, una artista con la que la narradora decía identificarse a veces pero con la que marcaba distancias en otras ocasiones, porque Núria Corominas, en sus propias palabras, ha tenido cierto éxito, es una artista que ha podido trabajar a sus treinta y cinco años en varios teatros públicos importantes, que ha podido vivir de su trabajo en el teatro durante un tiempo. La artista sin demasiado éxito, nos cuenta, se levanta un jueves por la mañana hecha polvo después de un sueño inducido por los somníferos tomados la noche anterior. Un sueño que para sacudirse debe contrarrestar con la ingesta de dos cafeteras completas. La artista sufre por su trabajo de artista, por su vocación de artista, por intentar vivir de la profesión de artista enfrentándose a toda la mierda que una artista sin demasiado éxito tiene que sortear aquí y ahora.

Esa mierda, porque no tiene otro nombre, es la que todo artista sin demasiado éxito conoce: escribir constantemente dosieres para infinitas convocatorias, darse publicidad en las redes sociales del demonio, dar muchos me gusta a gente influyente, hacer relaciones sociales, practicar cierto activismo político de sofá para que no se diga pero sin pasarse para no volverse una pesada, intentar convertirse en alguien que pisa fuerte, que cree en sí mismo, que si es necesario dará los codazos pertinentes para que nadie le quite el pan de la boca, vender su mercancía con la agresividad justa que el mercado del arte promueve, perseguir a programadoras y comisarias que son las que le podrían dar trabajo, caerles simpática y lamerles el culo si llega la ocasión y no hay más remedio.

O no. También puede escoger pasar de eso y convertirse en una artista maldita, encarnar un personaje mítico que es el que predomina en los libros de historia del arte, el del artista consagrado después de su muerte que pasó su vida pasando hambre sin que nadie le hiciese ni puto caso. Pero esos artistas revolucionaron el arte, se dice la artista sin demasiado éxito, en cambio ella, ¿acaso tiene algo que decir que ponga patas arriba el arte de su tiempo? No lo cree. Y además tiene que comer y, lo más jodido, pagar el alquiler.

Mientras la música va sonando, Núria Corominas nos cuenta que la artista sin demasiado éxito tiene una entrevista con varios programadores. La situación se vuelve surrealista. La artista les pide a los programadores que se coloquen de espaldas y que se bajen los pantalones para que quede al descubierto su culo, un culo que se dispone a lamer. Pero la cosa se le va de las manos. La artista se hace pequeña, adelgaza muchísimo hasta que se convierte en un hilo que se introduce en el ano de uno de los programadores.

Una vez en el interior del recto de ese programador la artista sin demasiado éxito se siente perdida y se frota los ojos para comprobar si está en medio de una pesadilla. Pero no consigue despertar porque no está durmiendo. La situación es real. Todo está a oscuras pero la artista sin demasiado éxito comienza a palpar las paredes y descubre protuberancias que no parecen orgánicas. Parecen escrituras cuneiformes. No es braille, nos dice Núria Corominas, pero, como si lo fuera, la artista sin demasiado éxito, con sus dedos en contacto con esas cenefas, comienza a ver imágenes como si esas inscripciones en las paredes del recto del programador le estuviesen hablando. Son imágenes maravillosas, como si la transportasen a su infancia, a un paraíso edénico perdido.

Y entonces comienza a cantar. No sabemos si quien canta es Núria Corominas o la artista sin demasiado éxito. Pero canta en francés, como si fuese Carla Bruni, acompañada por sus músicos. Una canción francesa salpicada de catalán en la que las imágenes edénicas de la artista sin demasiado éxito acaban venciendo a la oscuridad que la envuelve en el recto de un programador.

Disparar-se un tret al peu tiene que ver con una reflexión poética en torno a todo lo que no se encuentra en el orden de ser dicho. A veces dejamos de hablar para no perder lo que tenemos: la posición, el reconocimiento, el estatus, el trabajo. A veces dejamos de hablar para decir la verdad, pero seguimos hablando: con eufemismos, falacias, palabras trampa o clave, metáforas malas, mentiras y verdades a medias. A veces, sin embargo, alguien habla para decir la verdad.

Publicado en Teatron

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