
Acaba de celebrarse la cuarta edición de Això al poble no li agradarà, festival de artes vivas de las comarcas de Girona, construido “sobre la base de una estructura de gobernanza compartida” con los equipos de artes escénicas de los municipios de Banyoles, Celrà, Figueres, Girona, Lloret de Mar, Olot, Porqueres y Rupià y con los agentes Espai nyamnyam (Mieres), Monte Isla (Sils), Mutte Cultural (Pontós), Lo Relacional (Ultramort), Cultural Rizoma (Celrà) y Artistas Salchichas (Olot). Por el festival han pasado este año una larga lista de artistas: Artistas Salchichas, AzkonaToloza, Azucena Momo – Cia. Irregulars, Balago, Óscar Bueno, Colectivo Casa·Teatro, Ernesto Collado y Piero Steiner, Javi Cruz, La Chachi, Anna Dot, Mar García y Javi Soler, María García Vera, Las Huecas, Les Eminències, Joan Montserrat, Federica Porello y Elvira Prado-Fabregat. Desde el 14 de febrero el festival ha ofrecido laboratorios, residencias y muestras en varios municipios hasta desembocar en tres días de programación, gratuita y al aire libre en su mayoría, y en múltiples espacios. Asistí al último día de festival, el sábado 23 de mayo, en Pontós, quince años después de la última edición del añorado Festival Mapa, un festival que se caracterizaba por sus propuestas site-specific y que se celebró en ese mismo pueblo del Empordà durante siete ediciones.
El nombre del festival, Això al poble no li agradarà, promete algo que, al menos en el caso del pueblo de Pontós, no se cumplió en absoluto: todas las propuestas fueron recibidas por el numeroso público allí congregado con un enorme entusiasmo, con gente levantándose de su asiento para ovacionar a los artistas, cosa que no se ve todos los días. Dicen que el nombre del festival proviene del comentario de un miembro del gobierno municipal de un pueblo de esas comarcas quien, después de presenciar una de las propuestas artísticas del estilo de las que el festival ofrece, comentó que eso al pueblo no le iba a gustar. Un visionario, vamos, como la mayoría de los políticos que nos gobiernan en el ámbito del arte y la cultura.

Comencé mi periplo por el festival a las siete de la tarde, en la plaza mayor del pueblo, donde La Chachi y la cantaora Lola Dolores esperaban al público sentadas en lo alto de una tarima mientras se liaban unos cigarrillos. Presentaban Taranto aleatorio, una pieza de cincuenta minutos sin luces ni escenografía de ningún tipo ni más acompañamiento musical que el que las propias intérpretes fueron capaces de generar con lo puesto: sus voces y sus cuerpos. Los tarantos ya son eso: un palo flamenco que en origen no tenía ni acompañamiento de guitarra. La Chachi y Lola Dolores parten del taranto para aparentemente dejarse llevar hasta darle la vuelta por completo a lo que acostumbramos a ver cuando asistimos a una sesión de flamenco, sin ningún asomo de caspa y con muchas dosis de humor, en un ambiente festivo y al mismo tiempo profundo. La Chachi bailaba y Lola Dolores cantaba pero a veces bailaban las dos con coreografías que parecían extraídas de un videoclip de música urbana y otras veces era como si estuviesen rapeando o más bien como si fuesen una reencarnación de los Accidents Polipoètics. La Chachi viste como si viniese del trap y no del flamenco. Hay humor, hay improvisación, hay casi diría que insolencia, energía desbordante que en algunos momentos provocaba interrupciones debido a los aplausos del público, un público que comenzó sentado en sus sillas de madera plegables de fiesta de pueblo, que observaba con expectación y respeto pero que acabó dándolo todo, entregado, como las intérpretes, en comunión con ellas. Fue casi una hora de lo que me pareció una conexión profunda con un público popular y rural que el prejuicio presupondría no habituado a estas propuestas, ni por el lado de la danza actual ni por el del flamenco. El trabajo parecía absolutamente comprometido con lo uno y con lo otro: con la tradición flamenca y con las estéticas del presente, tanto en el baile como en el cante. La cosa fluyó de una manera absolutamente natural e inesperada y acabó con una larga ovación.

A continuación caminamos unos metros para adentrarnos en los jardines del Convent para asistir al segundo movimiento de esta sinfonía. Era el turno de La Vía Láctea de María García Vera, que nos esperaba en un cobertizo, sin más escenografía que tres pilas de libros en el suelo, una silla, una mesa y un ordenador conectado a un equipo de sonido, vestida con una camiseta y unos pantalones cortos y sosteniendo algunos papeles en sus manos. María García Vera comenzó presentando lo suyo de una manera que para nada hacía presagiar lo que luego nos ofrecería. Introdujo su actuación metida de lleno en el código que usan los artistas del arte contemporáneo, advirtiéndonos de que lo que iba a compartir era parte de la investigación en la que se encuentra inmersa, como rebajando las expectativas del público, a lo que contribuía que pareciese que nos fuese a leer uno por uno los numerosos papeles que sostenía en su mano. Pero lo que sucedió a continuación fue asombroso. A partir de una estética absolutamente sencilla que flirteaba con lo cutre, María García Vera realizó un despliegue de medios que mantuvo al público clavado en sus asientos durante prácticamente hora y media, acompañándola de la manita sin abandonarla ni un momento, a pesar de lo exigente de su propuesta, que requiere meterse al público en el bolsillo y no ser abandonada por él ni por un instante. Fue muy emocionante ver su trabajo en solitario después de una ya larga trayectoria con la compañía de la que forma parte, Los Detectives, además de otras muchas colaboraciones en trabajos escénicos y cinematográficos. Pero sobre todo fue emocionante la conexión con el público que consiguió generar partiendo de su cotidianeidad, de sus filias y sus fobias, para conducirnos a una incisiva reflexión sobre conflictos contemporáneos que nos afectan a todos, como la insufrible aceleración vital en la que estamos inmersos, el auge de movimientos fascistoides o la hipocresía de los supuestamente bienintencionados, apuntando en todas direcciones, sin dejar títere con cabeza, con mucha rabia pero sin caer en ningún momento en la desesperanza sino más bien proporcionándonos un chute de energía extra del que la mayoría vamos más que necesitados. Para conseguir eso y que no se convierta la cosa en un aburrido mitin el objeto artístico tiene que dar la talla. No es suficiente disponer de un buen discurso, eso no es lo que le pedimos a los artistas. Lo que le pedimos es que se ocupen del arte. Ocuparse del arte es lo más revolucionario que pueden hacer los artistas (eso más o menos decía Orson Wells). María García Vera dio una buena demostración de ello: nos conquistó con su arte.

La Vía Láctea va sobre el inicio, o sobre los inicios, sobre el volver a empezar eternamente, sobre cómo mantenerse en un estado de inicio infinito, quizá, o de cómo reiniciarlo todo en este momento actual en el que la vida se ha acelerado de malas maneras y en donde parece que todo se sostiene por los pelos, a punto de explotar. Con un personaje construido a medida por ella y para ella parece como si María García Vera hubiera decidido mostrar de pronto todo lo que es capaz de hacer pero sin recurrir a ningún virtuosismo, apelando a lo más profundo a partir de materiales y referencias absolutamente populares y totalmente cultas, extraídas del cine, la televisión, los libros, la ciencia y la filosofía, mezcladas sabiamente por ella misma para conseguir un caldo sabroso de los que te devuelven el ánimo. Y tirando también de lo puesto: su voz y su cuerpo, sin apenas aditivos ni colorantes más que algunas músicas que ella misma pinchó desde su portátil. Pero al mismo tiempo sin renunciar a ningún recurso, aprovechando todo al máximo y mezclándolo absolutamente todo: la rapidez y la contemplación, el amor y la violencia, la verborrea y el silencio, la voz y el movimiento, la cita y lo genuino, el respeto y la irreverencia hacia los referentes, la seriedad y el humor. María García Vera, sin pretenderlo, nos dio una hermosa lección y esas son las mejores. Todo el pueblo se puso en pie para ovacionarla. Fue algo realmente emocionante.

Después de eso había ganas de encontrarse con el prójimo, de comentar, de beber, de celebrar y también de cenar. Hubo una estupenda cena popular inspirada en la cocina norteafricana y servida en los jardines del Convent por Mutte, el colectivo que gestiona el Convent. Y ya de noche entramos en el salón del edificio para escuchar una sesión de música electrónica a cargo de Balago, con el público ocupando toda la sala, en un ambiente íntimo, sentados en sofás, en sillas, algunos de pie, con poca luz y con bebidas considerablemente más baratas que en cualquier bar urbano catalán, servidas en la barra que se encontraba en una de las salas del propio convento, un poco más allá, a la que se entraba desde el jardín. David Crespo se enfrentó al público desde una mesa repleta de aparatos que manipuló ininterrumpidamente sin apelar al baile en ningún momento sino más bien a una escucha contemplativa, con los ingredientes necesarios para que cada oyente construyese su propio viaje. Como el resto de las propuestas, y en contra del nombre del festival, como ya he dicho, su actuación fue recibida con largos aplausos.

Para acabar, Les eminències, el grupo formado por Ingrid Picanyol (voz y guitarra), Enric Farrés Duran (batería) y Miguel Ángel Blanca (bajo y voz) nos esperaban otra vez en un pequeño escenario del jardín para compartir con nosotros energéticas canciones de un minuto con sarcásticas letras sobre racistas de perro o posadas del Delta de l’Ebre que podrían albergar a terroristas o a sucios turistas, no se sabe. Les eminències hacen gala de equivocarse a menudo en sus conciertos para volver a comenzar sus canciones una y otra vez (como si recogiesen los inicios infinitos de María García Vera). No sabría decir si eso es una contradicción con el espíritu punk del que hacen gala (porque no permitirse ni un fallo sería en teoría de gente amante del virtuosismo, no de punks) o si lo hacen aposta con toda la intención (y ahí estaría la gracia). El caso es que el público, entregado, después de bailar incluso algunos pogos, acabó pidiéndoles a gritos que repitiesen alguno de los temas que, después de por lo menos tres interrupciones, habían conseguido por fin llevar a buen puerto. Lo hicieron encantados. Era más de medianoche. La fiesta continuó aún un poco más.
Fotos: Sebastià Masramon
Publicado en Teatron