Notas que patinan #153: Sergi Fäustino y Cuqui Jerez en el cine

Cine Doré. Filmoteca Española. Lunes a las diez de la mañana, la entrada es libre y gratuita y te invitan a desayunar. En la clausura de las XII Jornadas Escénicas Injuve, que en esta ocasión llevan por título Ópera prima, se ha organizado un cineclub en el que se proyectan los vídeos de las primeras piezas escénicas de dos creadores que debutaron en el año 2002, hace veinticuatro años. Se trata de Sergi Fäustino con Nutritivo y Cuqui Jerez con A Space Odissey (2002). Está anunciada la presencia de los dos artistas, que conversarán con la comisaria de las jornadas, Carmen Aldama, al finalizar las proyecciones.

Las jornadas se han desarrollado de viernes a domingo en la sala Réplika, donde han tenido lugar las presentaciones de las beneficiarias de las ayudas del Injuve de este año: Viva Roberta y Subcult Plataforma, que presentaban su festival Bruto Común (próximamente en Infinito Delicias), Mabel Olea con la cara B de su pieza Cut one’s teeth, Carla R. Cabané con Ven y hazme un tiramisú, cercle de fades con cridant la meva ànima, Alejandro Coello con Gramáticas del movimiento: Las conferencias bailadas como estrategias de colaboración entre literatura y danza durante la Edad de Plata y Empty Rooms con Warm Weight. Lo que se pretende en la Filmoteca es poner en relación a dos generaciones: la actual, la de quienes han presentado sus trabajos en Réplika durante el fin de semana pasado, y la del barcelonés Sergi Fäustino y la madrileña Cuqui Jerez, que tienen prácticamente la misma edad. Cuando crearon sus óperas primas no habían llegado aún a los treinta años, como la mayoría de jóvenes participantes en las jornadas.

A pesar del intempestivo horario, en la cafetería del cine Doré hay más público del esperado y un ambiente de expectación. Sergi Fäustino saluda y conversa con quien se le acerca mientras que Cuqui Jerez se hace esperar debido a algún contratiempo. Por esa razón, el orden del programa se invierte. Una vez dentro de la majestuosa sala construida en la primera década del siglo XX, el público se acomoda, Carmen Aldama da la bienvenida y comienza la proyección de Nutritivo.

El vídeo de Nutritivo que se proyecta lo grabó y editó Néstor Doménech, con tres cámaras como mínimo, el día de su estreno en el desaparecido Conservas de Barcelona, que regentaba Simona Levi. El Conservas estaba en el carrer Sant Pau, entre el Liceu y la Rambla del Raval, una moderna rambla que en aquellos años aún ni existía. El improvisado escenario se encontraba al fondo del local. Para llegar hasta él había que pasar por una barra de bar y lo que quedaba de un antiguo lavadero. En la barra se servían bebidas y una tapa de morcilla. No cabía mucho público pero había muy buen ambiente, ese tipo de ambiente barcelonés moderno, divertido y algo frívolo de la joven generación de artistas de aquellos años que era observado con sana envidia desde ciertos círculos escénicos madrileños de la misma generación, familias hermanas que estaban tardando en conocerse pero que acabaron encontrándose y alimentándose mutuamente muy pocos años después. El autor del vídeo, Néstor Doménech, había sido codirector de una de las primeras películas independientes grabadas en formato digital en Barcelona un año antes, Ese, una película sin ningún tipo de presupuesto que tenía como protagonista precisamente a Sergi Fäustino y en la que colaboraron un montón de artistas barceloneses. El particular estilo fílmico de Néstor Doménech hacía verdaderamente apropiado ese vídeo para una proyección en la Filmoteca, a pesar de ciertas carencias evidentes en la toma de sonido. No es un vídeo de registro cualquiera. Es una obra audiovisual en sí misma que transmite perfectamente el ambiente y la vibración de aquel estreno y de aquellos días en los que toda una generación de artistas barceloneses estaba en absoluta ebullición.

Nutritivo es una pieza que nos golpeó fuerte a quienes tuvimos la suerte de vivir su estreno. Ese impacto ha ido creciendo hasta nuestros días, gracias al boca a boca. Se la conoce sobre todo por la anécdota: la performance comienza con una enfermera, Cristina Lasmarías, que con una jeringuilla le saca sangre a Sergi Fäustino, caracterizado como un blackero (nombre que reciben popularmente los seguidores del black metal) mientras suena música del Tanhäuser de Wagner. Con esa sangre Sergi cocinará una morcilla durante lo que dura el espectáculo (unos cincuenta minutos) para ofrecerla luego al público sobre rebanadas de pan.

No se habla tanto del resto del espectáculo, de todo lo que allí se ofrecía, que era mucho, historias contadas por el improvisado cocinero de una manera muy directa y natural, sin ninguna impostación, sobre hombres que hacían cosas que a Sergi Fäustino le parecían un tanto extrañas: el blackero aficionado al satanismo, un poligonero adicto a la violencia, al pantalón de chándal del ejército español y a los coches con alerones y un ejecutivo que había renunciado a su vida personal para apostarlo todo a su exitosa carrera profesional. No se habla mucho tampoco del tema de la pieza, el miedo, como Carmen Aldama apuntó luego en la conversación. Ni de otro de los temas centrales, la muerte, que nos iguala a todos (la diferencia entre el poligonero y el ejecutivo es que, al chocar sus respectivos coches, uno muere en el acto y el otro, gracias a que conduce un coche más caro, muere tras una lenta agonía). Se habla menos de la reflexión sobre lo que comemos, implícita en la obra (Sergi Fäustino había sido vegetariano durante unos años antes). Y mucho menos del muy interesante trabajo con el cuerpo con el que se salpica toda la performance, con especial atención a las situaciones de inestabilidad y desequilibrio en las que Fäustino coloca a su cuerpo. Tampoco se habla mucho de lo apropiado de la música que la acompaña, que va de Wagner a Danny Daniel. O del eficaz diseño de luces del propio Fäustino, implementado con no mucho más que un par de focos. Muchos de esos elementos e inquietudes presentes en Nutritivo han seguido acompañando la obra de Sergi Fäustino hasta la actualidad, dando la razón a los que piensan que en la primera obra de un artista ya está todo lo que vendrá luego, como el propio Sergi Fäustino señalaba en el texto que anunciaba la proyección.

Pero de lo que nadie habla nunca es de lo que Fäustino nos recordó luego en la charla posterior: que Nutritivo se hizo sin un solo apoyo, sin dinero, sin becas, sin subvenciones, sin nada, sin que nadie se lo pidiera tampoco. No es la situación ideal, por supuesto, pero en la actual tesitura, ahora que la enorme cantidad de artistas actuales (muchísimos más que hace veinticinco años, como se encargó de recordarnos Cuqui Jerez en la charla) compite descarnadamente en innumerables convocatorias por conseguir algo de dinero para sus proyectos, lo de levantar una de las obras más celebradas de aquellos tiempos sin un euro parece algo de absoluta ciencia ficción.

A continuación se proyectó A Space Odissey (2002) de Cuqui Jerez, quien se encontraba entre el público con un micrófono inalámbrico en sus manos para doblarse a sí misma en los pocos momentos en los que en el vídeo se escucha su voz, emitida por un magnetófono que accionaba ella misma en escena. El vídeo se grabó en Stuk, Leuven, dentro del festival Klapstuk. Cuqui Jerez vivía en Berlín en ese momento. Podríamos preguntarnos por qué eso era así, por qué no vivía en Madrid, como podríamos preguntarnos también por qué Sergi Fäustino acababa de volver de Amsterdam, donde estudió en la SNDO. Como en el caso del vídeo de Sergi Fäustino, el sonido no tenía la misma calidad que la imagen, por eso a Cuqui Jerez le pareció conveniente doblarse y, de paso, traducir al castellano lo que en ese vídeo se escucha en inglés. Ese detalle añadió una capa más a una performance ya de por sí repleta de capas.

Cuqui Jerez también cree que en esa primera obra ya estaban contenidas todas las preguntas que iría desplegando durante el resto de su carrera artística. Quienes conozcan sus obras posteriores lo pueden atestiguar. En la charla, Carmen Aldama señaló que, en su opinión, en el trabajo de Cuqui Jerez la coreografía es una forma de pensar y que sus trabajos parecen querer decirnos que las cosas no son lo que parecen, que si se insiste mucho en la mirada siempre se descubre algo más, algo que estaba ahí mismo, aunque a primera vista no lo percibiésemos.

Su primera pieza también fue un solo. Lo gestó en el suelo del rellano del primer piso de Arteleku, en Donostia, bajo el paraguas del añorado proyecto Mugatxoan de Blanca Calvo y Ion Munduate. Cuqui Jerez sostiene toda la obra con su cuerpo e innumerables objetos sobre un linóleo blanco. Nada es lo que parece a primera vista. Durante unos veinticinco minutos Cuqui Jerez se dedica a realizar acciones aparentemente inconexas y enigmáticas utilizando objetos como cajas de cartón, tazas, sillas, un rollo de papel… A continuación, se coloca a un lado de la escena sosteniendo una vieja televisión que muestra una flecha que cambia de ángulo poco a poco, al mismo tiempo que ella va moviendo la televisión para contrarrestar esa rotación, de manera que, desde el punto de vista del público, la flecha siempre apunta hacia el mismo lugar. Mientras tanto, en una pantalla gigante al fondo del espacio, se muestra el vídeo que una cámara colocada en el suelo ha estado grabando mientras Cuqui Jerez realizaba sus acciones. Lo que vemos es la grabación de lo que el público acaba de presenciar pero, increíblemente, en esas imágenes tomadas desde el punto de vista de la cámara todo parece completamente diferente. Las acciones aparentemente arbitrarias que realizaba la artista estaban ejecutadas en realidad con absoluta precisión, con el objetivo de que en ese vídeo emergiese esa nueva realidad oculta a simple vista. Es difícil contarlo sin hacer spoilers. De hecho, siento que ya he hablado demasiado (quizá algún día quien lea esto pueda ver la obra, ojalá).

Pero la performance no acaba ahí. Otra de las constantes en la obra de Cuqui Jerez es la repetición. En Real fiction, por ejemplo, la pieza comienza cinco veces. En Las ultracosas, la repetición se lleva al límite: la pieza dura unas cinco horas. En su ópera prima la acción también se repite varias veces, cada vez de una forma diferente. De hecho, como Cuqui Jerez nos contó en la charla, la última de las repeticiones fue un añadido final con la que que pretendía liberarse de las capas de metalenguaje contenidas en el resto de la obra, desmelenarse un poco, algo que también parece una constante en todo su trabajo: bajo capas de contenido arte conceptual y de abstracción también encontramos mucho humor, mucha libertad, cultura pop y algo que no sé definir muy bien pero que me inclino a calificar como salvaje, indómito.

A principios de los 2000 el tiempo de las compañías había pasado, como Cuqui Jerez nos contó después de la proyección. Los artistas tuvieron que hacer de la necesidad virtud, apañárselas con lo que tenían, aprovechar las nacientes nuevas tecnologías y cualquier recurso a mano en una especie de ilusión do it yourself que trajo un puñado de cosas buenas, liberadoras, pero también mucha precariedad, estrés y ansiedad. Y en esas estamos, con artistas-orquesta que se ocupan de lo artístico pero también de la producción, de la comunicación, de la distribución, de la contabilidad y de lo que haga falta. En ese sentido, Cuqui Jerez se quejó de la falta de apoyo a este tipo de creación contemporánea, en España, en comparación con otros países (aunque la realidad parece indicar que esos otros países cada vez son menos), de la perversidad del sistema de convocatorias y de residencias, de lo poco que quienes organizan ese sistema entienden las necesidades reales de quien se dedica a la creación artística no industrial y de la falta de memoria que sepulta a los creadores veteranos bajo el frenesí de una artificial necesidad de nuevas producciones que ignoran y borran el pasado reciente buscando la novedad permanente, que parece ser el combustible necesario para que la maquinaria institucional capitalista siga funcionando. Sergi Fäustino replicó que él sí que encuentra organizaciones que entienden su manera de trabajar y sus necesidades a la hora de crear, pero curiosamente el ejemplo que dio, el festival Citemor, está fuera de las fronteras españolas, en nuestra vecina Portugal. En lo que los dos artistas estuvieron de acuerdo es en que son muy pocas las organizaciones de ese estilo en territorio español y que ya sería hora de que existiesen más.

Cuqui Jerez, preocupada por la extinción de toda una generación de artistas que entienden la creación de una manera que probablemente esté siendo aplastada por las condiciones que se les intentan imponer, agradeció la visibilidad y el puente intergeneracional que esta sesión en la Filmoteca intentaba establecer. La conversación derivó entonces hacia los medios para la conservación y la transmisión de este tipo de trabajos. Al menos estos dos se registraron en vídeo. Como se encargaron de señalar Carmen Aldama y, desde el público, el investigador Alejando Coello, los trabajos de hace un siglo no tuvieron tanta suerte. Por eso las puestas en escena de un Valle-Inclán, por ejemplo, que con mucha probabilidad eran tan modernas y experimentales como los trabajos de Cuqui Jerez y Sergi Fäustino lo fueron en su momento (y que, no sin cierto asombro, en el caso de esos dos creadores siguen pareciéndonoslo así aún hoy en día), se representan hoy con formas más antiguas y convencionales que las que el propio Valle-Inclán utilizaba. Pero es que solo nos ha quedado el texto. Si dispusiéramos de registros en vídeo es muy probable que la historia del arte en vivo fuese otra. Aunque, como Sergi Fäustino subrayó, una de las gracias de este tipo de trabajos es precisamente la imposibilidad de ser capturados por completo, ni en vídeo ni en ningún otro formato (algún desmayo provocado por el olor de las morcillas que se cocinaban en Nutritivo sería una prueba de esa afirmación). Eso hace a este tipo de arte especialmente incontrolable.

En cualquier caso, el gesto de proyectar y charlar sobre las óperas primas de Sergi Fäustino y Cuqui Jerez en la Filmoteca Española fue especialmente emocionante y muy celebrado por el público asistente, un público intergeneracional en el que se mezclaron adultos de todas las edades, desde jóvenes veinteañeros hasta mayores de setenta. El por qué de tanta emoción probablemente ni se pueda capturar con un vídeo ni explicar con simples y llanas palabras.

Fotografías de Carmen Aldama, Lara Brown y Alba Villar.

Publicado en Teatron

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